La degradación de la democracia
La oclocracia, que se define como “el poder de la muchedumbre”, es una condición que describe la degradación de la democracia mediante liderazgos demagogos que centran sus ideas y decisiones políticas en el revanchismo y el fanatismo, fomentan el enojo, el miedo y las pasiones y se alimenta principalmente de la ignorancia y desinformación de la gente, ya que, entre más culta o educada sea la población, es más probable que descubran las mentiras y se rebelen contra los abusos de autoridad y la corrupción.
Pero… ¿Cómo se llega a esto?
En las sociedades modernas, la clase “educada” o “trabajadora” no gobierna porque no le interesa. Asume que alguien más se encargará de administrar y organizar las cosas. Ese grueso llamado “clase media”, que vive esforzándose día a día por mantener un nivel de sustento que le permita obtener los satisfactores a los que está acostumbrada, es la única que, en determinado momento, busca cambiar el Estatu Quo de las cosas para mejorar o para no perder sus privilegios o libertades. Las clases bajas proletarias básicamente son indiferentes a cuanto pase y quien gobierne mientras obtengan los mínimos satisfactores para su vida diaria. De este modo, en una democracia imperfecta, darán su voto a quien les ofrezca facilitarles esa primerísima necesidad, ocasionando, sin saberlo, que los gobernantes prefieran mantenerlos a base de limosnas en vez de educarlos y hacerlos crecer para que ellos mismos se procuren una mejora en sus condiciones. Eso significaría convertirlos, con el tiempo, en parte de la clase media, lo que sería devastador para sus fines.
Por su parte, la case alta (los más adinerados empresarios), tampoco suelen gobernar directamente, lo consideran tedioso y una pérdida de tiempo, por eso lo hacen a través de “interpósita persona”, que desde el gobierno, en disfraz de Presidentes, Gobernadores o miembros del congreso, se encargan de cuidar que sus intereses económicos prosperen o no sean objeto de escrutinio.
Los inconformes, populistas, “socialistas y comunistas”, por su parte, conciben al Gobierno como una especie de padre protector que debe cuidar a todos “sus hijos” por igual, brindándoles cobijo y sustento por el mero hecho de haber nacido en “su casa”. Se aferran al ideal de que todos somos iguales y merecemos lo mismo solo por ser todos humanos, a pesar de que esa falacia se ha estrellado siempre contra la realidad. Es imposible la existencia de una igualdad social desde el punto de vista de las recompensas o el merecimiento dado que todos somos diferentes, con distintas capacidades, intereses, aptitudes y deseos. El solo pensamiento de obligar a los individuos a conformarse con lo mínimo, efectuar una sola actividad o reducir el quehacer humano a simples “siervos” que trabajan como en una colmena para que una “reina benefactora” distribuya el fruto de todo ese trabajo “equitativamente”, es antinatural e imposible de tolerar para el ser humano.
Pero al final, siempre se requiere que alguien gobierne porque es imposible que las personas se organicen solas sin necesidad de un grupo que estructure, limite, modere o dirija sus acciones. Incluso en un hipotético caso de contar con una población de 1 millón de personas con la misma educación y condiciones socioeconómicas semejantes, donde se esperaría un alto grado de responsabilidad y sentido común o pertenencia social y civismo, la condición misma del ser humano tiende al caos, a la búsqueda de los placeres y satisfacciones; son curiosos, buscan obtener siempre más y sus pasiones o “flaquezas del espíritu”, siempre ganarán. Los celos, las envidias, los miedos, inconformidades y ambiciones serán el motor que guiarán sus pasos lejos del acuerdo o la normatividad establecida y romperán la estructura social. Y esto en un fantasioso escenario de un grupo donde todos sean iguales en intelecto, economía y educación. Ahora, si imaginamos 1 millón de personas sin ese extravagante escenario de igualdad de ciencia ficción, comprenderemos que, el que no exista un pequeño grupo informado de personas bien preparadas que se anticipe a estas “flaquezas”, la vida en sociedad con paz y “Estado de derecho” sería imposible.
Por ello, siempre ha surgido un grupo más, uno muy activo y perverso que proviene indistintamente de las entrañas tanto de los pobres, ricos e inconformes, pero que, a diferencia de los demás, sí quiere asumir la responsabilidad de gobernar un país. Esa gente suele buscar el poder por el poder, no solo por el dinero, sino por el control, por el rencor o por la satisfacción de influir sobre un gran grupo de personas y tal vez, pasar a la historia. A estos seres se les llama “políticos” y les fascina mandar, manipular y vociferar en público, ser vistos y escuchados, esta gente, normalmente megalómana, no conoce el escrúpulo ni la vergüenza, no les interesa absolutamente nada más que hacerse del poder y están dispuestos a cualquier indignidad o contradicción para logarlo y permanecer en él. Aprovechan la apatía general de la población para incrustarse en el sistema y desde ahí comenzar a entretejer una telaraña de influencias que le permita perpetuarse en el Gobierno para robar, coaccionar o aprovechar su posición para hacer uso indebido de los recursos del Estado en su beneficio y el de sus familiares o amigos.
Entre mayor es la maldad, mayor es su ego y su ambición. Su entramado de influencias crece e incluso llegan al punto de cambiar las leyes para que favorezcan a su grupo y perjudiquen a sus contrincantes, amenazan, censuran o hasta asesinan. Entablan alianzas infames con criminales o, de plano, se aprovechan del miedo y pasividad de la gente para establecer sistemas autoritarios que limiten o controlen drásticamente el libre actuar de los gobernados.
Hoy, México está hundido ya esa oclocracia, que es la antesala la autocracia o la dictadura. El pueblo es manipulado en su emoción para incrementar su resentimiento hacia un enemigo impuesto por la demagogia de un líder y su pequeño grupo que, fingiéndose parte de ese pueblo, y en nombre de él, se han hecho del control casi absoluto de todas las instituciones del Estado y de la narrativa para dividir y destruir el tejido social, generando discordia y un posible caos que beneficie o justifique leyes más estrictas o la instauración del autoritarismo.
Una de las características más infames de la oclocracia es que se aprovecha de la democracia para imponer su voluntad abusando de la ignorancia y necesidad de las masas. A través de encuestas o elecciones donde hay acarreos masivos, coacción o cínico fraude, logran imponer leyes que afectan a los ciudadanos otorgándose mayores atribuciones de control, pero, al mismo tiempo, fingen que solo obedecen la decisión de la mayoría del pueblo “que manda” y eso lo vuelve una decisión incuestionable, aunque esa mayoría iletrada no entienda ni le interese lo que está votando ni las consecuencias que acarreará.
¿Qué puede estar más podrido que eso? Es como si en una escuela, el profesor dijera a sus alumnos de 8 años: Vamos a votar, ¿Quieren aprender o nos ponemos a jugar? La decisión democrática de las mayorías únicamente tendría sentido si los votos fueran informados y entre iguales, es decir, si todos los que van a votar poseen un mínimo de estudios, educación o información al respecto de lo que votan. De otro modo se cae en el supuesto de la oclocracia, que es, en resumen, “el dominio de la masa desinformada”. Eso destruye la esencia misma de la democracia.
Lamentablemente México ya cayó, y ahora, sin instituciones autónomas ni contrapesos, no existe nada que pueda limitar el poder absoluto de un partido que se aprovechó de las fallas que el sistema democrático plantea en un país con tanta desigualdad. Hemos retrocedido más de 50 años y recuperarnos de esta fuerte caída podría tomar décadas si comenzamos a hacerlo ahora. La única ventaja que tenemos hoy, a diferencia de otras épocas, es que el régimen ya no controla los medios de comunicación como antes. Tenemos (todavía) la capacidad de informarnos y comunicarnos libremente gracias a las redes sociales y hay mucha gente preparada que está dispuesta a enfrentarse al gobierno.
La fórmula para contrarrestar los efectos de la oclocracia es la educación y la organización ciudadana que exponga la realidad y divulgue información que devele las mentiras del régimen, pero, sobre todo, es prioritario recuperar el Estado de Derecho a través del poder judicial. Lamentablemente, el régimen corrupto de morena lo sabía y procedió a destruirlo imponiendo votaciones populares para elegir jueces y desmanteló la educación a través de libros de la “nueva escuela mexicana” y su cínica promoción de la mediocridad como una virtud.
Este escenario catastrófico solo tiene 4 escenarios posibles de cambio en el estado de las cosas para el país.
- Derrocar al régimen con el despertar cívico de una mayoría aplastante a través de la unión de sociedad y partidos para impedir que se consume el fraude electoral y restaurar el orden constitucional.
- El derrocamiento del gobierno tiránico a través de la presión o intervención extranjera.
- Que el régimen se quiebre desde dentro por luchas intestinas provocando división, traiciones y alianzas con la oposición para crear un régimen más plural.
- Un levantamiento social que derroque por vía de la violencia a los políticos corruptos.
Siendo honestos, la opción 3 parece ser la más probable a estas alturas, pero el daño ya está hecho. La oclocracia seguirá siendo la herramienta de los viles en tanto no existan leyes que limiten la posibilidad de votar a quienes carezcan de un mínimo de estudios, no trabajen de manera formal, evadan impuestos o tengan antecedentes penales. El sufragio universal es el “talón de Aquiles” de la democracia en países como México, donde las masas ignorantes son fácilmente manipuladas por un pequeño grupo de resentidos sociales. El voto masivo, lejos de dar legitimidad, permite, a quien los manipula para ganarse ese voto, concentre una mayor cantidad de poder que la que debería, dejando a las minorías desprotegidas. Y volviendo al ejemplo de la escuela, ese “maestro” que obedece la voluntad de unos niños y no da clase, está abusando de su ignorancia y permitiendo que ellos mismos se hagan daño a sabiendas que, ese voto es irracional y no debió contar.
Por eso, del mismo modo en que debe haber candado para votar (no limitar o poner un techo, sino subir el piso), se tendría que establecer que los cargos de elección popular deben ser tomados únicamente por las personas capacitadas para el cargo y no por improvisados o mediocres sin educación ni criterio. Algunos puestos clave del gobierno (Jueces, Fiscalías, Secretarías de Estado, etc.) requieren un elevado nivel técnico y especialización, por lo que debería garantizarse que, si aparece en la boleta, es porque es gente capaz con estudios y experiencia probadas, no tiene antecedentes penales y sobre todo, se encuentra en perfecto uso de sus facultades mentales y físicas.
Todo esto, algún día deberá hacerse si se quiere rescatar al país de la barbarie, pero por ahora, suena a pura fantasía.
O. Castro
Sep/26

